«Tumbado en la arena seca esperas, con la cabeza rendida, tumbado sin fuerza, mirando al suelo para no ver lo que te rodea. El sol ya no te quema, el dolor ya no te duele. La sed ya no te ahoga, y como un río de amapolas, se te escapa la vida.

Ya todo termina, ya llega el final. Y mientras te veo, no puedo dejar que te vayas pensando que eso que has sufrido, es vivir.

Tantas veces he pensado cuanto daría por detener el tiempo en ese momento. Entraría en la plaza, saltaría el burladero, esquivaría al torero, y me sentaría a tu lado. No diría nada, no te agobiaría. Solo dejaría que, por un momento, escuchases el silencio. Que esos gritos, ese odio, se esfumase de tu cabeza, y tu último momento fuese de paz.

Quizás en ese momento levantarías la cabeza y mirarías el sol, ese sol que te acompañó tantas veces en tu vida.

Esperaría unos minutos y entonces acariciaría tus mejillas. Secaría tu lágrima con cariño, y me acercaría más a ti.

No sé como veis el mundo, ni como sentís. Quizás lo hagáis como nosotros, aunque creo que no. Vuestros ojos tienen ese algo que te hacen saber que quien se esconde tras ellos, tiene un corazón más grande que el sol.

Por eso me acercaría tu oreja y te hablaría en susurros. Te hablaría de prados verdes y lejanos, donde la hierba es tan fresca, que te tumbarías solo para sentir como roza tu piel. De un cielo azul como el mar, de ríos cristalinos, de un lugar sin barreras, sin acero, sin dolor.

Te hablaría de una vaca tumbada en la hierba, y de un pequeño ternero que llegaría corriendo para tumbarse con ella, para sentir su calor. De un ternero negro como la noche.

Te hablaría de un toro que creció siendo feliz, que nunca sufrió. Que nunca vio a un humano. Te hablaría de un toro, ya adulto, con un ternerito corriendo a su alrededor. Te hablaría de un toro, ya anciano, que seguiría tumbándose en el mismo sitio, junto al río, y miraría al horizonte sin temor.

Te hablaría de amor, de compañía, de ternura… te hablaría de la vida que no te dejaron vivir.

El tiempo no estaría detenido siempre, y el momento se acercaría. Pero yo seguiría allí, abrazado a tu cuello, susurrándote, hablándote de los lugares más hermosos del mundo. No dejaría que oyeses los gritos, no dejaría que mirases a tu alrededor.

Mientras el acero te lo arrebata todo, allí estaría yo. No te dejaría solo. Nadie más miraría tus ojos, como pierden el brillo, como se apagan. No dejaría que sintieses dolor. No te dejaría ver el odio de los ojos que te miran.

¿Podría conseguir que te fueses, pensando que estás en el prado, junto al río, mirando al horizonte sin temor?

Querido toro, que esperas tumbado, en la arena seca, bajo el sol. Quisiera detener el tiempo, pero no puedo. Has sufrido una vida de tormento, esclavo, preso. Y ahora estás sufriendo tanto que te has rendido al dolor. Mientras el torero se acerca verás el odio en su mirada. No entenderás su odio, ni porque estás allí. Los gritos te acompañarán durante tu último trayecto, y morirás sintiendo que la vida es algo tan miserable, que la muerte es mejor.

Querido toro, cada vez que te recuerdo en la plaza, tumbado, rendido, intento retener una lágrima, pero no puedo. Hasta que esto se acabe, querido toro, mi corazón es tuyo, tu dolor es mío, hasta que esto acabe, hasta la abolición».
Eduardo Terrer